ESTACIÓN DE PENITENCIA


Viernes Santo Madrid 2024

MARÍA SANTÍSIMA DE LOS SIETE DOLORES

CORTEJO PROCESIONAL

  • Para recrear en la procesión la estética propia del Madrid de los Austrias, por cuyas calles discurre el cortejo, se han tenido en cuenta tanto las tradiciones más antiguas de los pueblos de Castilla como las normas litúrgicas del Concilio de Trento, vigentes y obligatorias en los primeros años de la procesión, a finales del siglo XVI. Con ello se construye un sello propio, solemne, austero y elegante, que resulta idóneo para transmitir la seriedad y el misticismo propios de la triste jornada del Viernes Santo.
  • Abre el cortejo un congregante vestido con ropón negro llamado muñidor o “mullidor”, como aparece en las ordenanzas más antiguas, cuya función era la de avisar públicamente de los cultos de la Real Congregación. Al sonido de su campana doble, que anuncia el próximo paso de la Virgen, se hace el silencio. Iluminan su paso dos congregantes con faroles de mano.
  • Tras ellos aparece la Cruz de Guía, negra con filos de plata, en cuyo centro destaca el corazón traspasado de la Virgen.
  • Los estandartes que recuerdan a las imágenes quemadas en 1936, todos alumbrados por faroles, y la bandera con los colores blanco y negro de la orden dominica, que vemos en los hábitos de los congregantes, completan las insignias que despliega la Real Congregación.
  • Repartiendo estampas de la Virgen, los más pequeños de la Real Congregación realizan una cuestación benéfica concedida expresamente por Carlos III,  cuyos fondos se destinan íntegros al comedor Ave María, administrados por los hermanos trinitarios en la calle Doctor Cortezo 4, cercano a la Parroquia de Santa Cruz.
  • Los “hermanos de luz”, con capirote, iluminan el camino por el que pasará la Virgen, portando cirios de cera en su color natural o “color tiniebla”, denominado así por ser el preceptivo para los funerales, los tiempos de penitencia como la Cuaresma y el Adviento, y concretamente los “Oficios de Tinieblas” que la liturgia antigua del Concilio de Trento celebraba el Viernes Santo, evocando las tinieblas que sucedieron a la muerte de Nuestro Señor Jesucristo.
  • Frente al paso de la Virgen se sitúan sus siete acólitos, seis vestidos con el “sobrepelliz mozárabe”, propio de la liturgia española con sus características alas blancas, y un pertiguero que los dirige desde la posición central, con ropón negro y cuello de lechuguilla, todas ellas prendas que pueden verse en obras de pintores del siglo XVI como El Greco.
  • El acólito crucífero porta la cruz parroquial, con manguilla negra bordada con el corazón de la Dolorosa, alumbrada por dos acólitos ceroferarios. El acólito turiferario va incensando a la Virgen, con una mezcla de aromas confeccionada especialmente para ella, basada en las especias utilizadas en tiempos bíblicos para embalsamar a los difuntos, entre las que destaca la mirra, mencionada en los Evangelios.
  • Tras el paso procesional se sitúa el preste, sacerdote principal de la Real Congregación, con capa pluvial de color negro, según las normas de la liturgia de Trento para el Viernes Santo, que en nuestros días ha sido sustituido por el color rojo, tras el Concilio Vaticano II. En esta capa y la estola que la acompaña, aparece bordado el corazón de la Dolorosa. Ejerce como preste D. Paulino Alonso, capellán del comedor Ave María al que la Real Congregación entrega los donativos obtenidos en la cuestación y con el que colabora el resto del año.
  • Finalizando el cortejo, la “Unión Musical Santa Cecilia” de Dosbarrios, Toledo, interpreta una cuidada selección de marchas procesionales, acorde con el carácter solemne y austero de la estación de penitencia.

PASO PROCESIONAL

  • La imagen de María Santísima de los Siete Dolores es una talla vestidera, labrada alrededor de 1940 por Faustino Sanz Herranz, importante escultor madrileño que fue llamado “el último imaginero de Castilla”. Entre su extensa obra procesional, destacan el grupo de la Santa Cena de Ciudad Real y Nuestro Padre Jesús de Medinaceli de Hellín. Según nos cuenta su hija Purificación, con quien la Real Congregación mantiene una estrecha amistad, el escultor tenía apenas diecisiete años cuando creó la imagen.
  • Fue adquirida en la tienda de artículos religiosos “El Arte Español – Julián Cristóbal”, ubicada en la calle Infantas nº 9, uno de los comercios que exhibían, sin firmar, las imágenes encargadas al joven Faustino Sanz. La compra el entonces hermano mayor de la Real Congregación, Manuel Castells García, para restituir la talla perdida en la Guerra Civil.
  • La Virgen está vestida con el luto que utilizaban las reinas viudas de la corte de Castilla en tiempos de los Austrias, tradición que nace en 1560 y hoy mantienen centenares de imágenes por toda España, aunque la Virgen de los Siete Dolores es la única que la conserva en las procesiones de la capital. Consiste en un manto negro de larga cola, saya negra, y un rostrillo blanco que rodea la cara y del que cae una toca blanca bordada sobre tul marfil y aplicada en raso blanco adamascado que cubre el busto y los brazos, todos ellos bordados en dorado.
  • Los bordados del manto simbolizan las “Tinieblas de Crucifixión”, eclipse y terremoto que se produjeron a la muerte de Nuestro Señor Jesucristo, pudiendo verse el sol alineado con la luna, y las estrellas brillar sobre el cielo negro. Sobre las manos de la Virgen, aparece un sudario con bordados alegóricos de la Pasión, como la Santa Faz o la corona de espinas. A sus pies aparece la media luna de plata, en referencia a la visión que narra San Juan en el Apocalipsis.
  • El monte de flores que se extiende a los pies de la Virgen, simboliza con sus flores silvestres, con predominio del color morado de la penitencia y el blanco de la fe, la vegetación del Calvario, talcomo se recreaba de forma simbólica en siglos pasados.
  • María Santísima de los Siete Dolores es portada por anderos, en número de veinte, con horquillas como las que podemos ver en procesiones de Zamora o Valladolid, sobre las que descansa el paso en cada parada. Este paso, de reducidas dimensiones, recrea las andas procesionales antiguas, donde la propia peana que sostenía a la imagen en su capilla, se atravesaba por largos varales para ser llevada a hombros.
  • Los faldones que penden del paso, están bordados en su frontal con el escudo de armas de Carlos III, cuyo uso concede este rey a la Real Congregación en el siglo XVIII, rodeado por las indulgencias que concedieron a la misma las demás órdenes religiosas madrileñas. En sus dos laterales, reproduce los bordados del catafalco de los Duques de Éboli, de 1635, expuesto en la Colegiata de Pastrana, Guadalajara.
  • En el frontal del paso, sobre el llamador, se expone como reliquia de protección un paño tocado al cuerpo incorrupto de la beata María Ana de Jesús, copatrona de Madrid.
  • Dentro del recorrido, destacan por su emotividad la salida de la Parroquia de la Santa Cruz, complicada por la estrechez de la puerta principal, que queda dividida por un parteluz,  el paso de la Virgen por el arco de la Plaza Mayor que da a la calle Toledo poco después de su salida, la entrada en el Convento del Corpus Christi para realizar la estación de penitencia, donde es venerada con sus cantos por las madres jerónimas “Carboneras”, y el encuentro en la Plaza de la Villa con el Santísimo Cristo de los Alabarderos, tras lo cual ambas imágenes emprenden juntas su camino de vuelta por la calle Mayor. Al volver a su capilla, la Virgen es cubierta por un largo velo de luto, conocido en tierras castellanas como “pena”, del que será despojada al entonarse el Gloria de la Vigilia Pascual, momento de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.